sábado, julio 18, 2009

SÁBADO MUSICAL: CANTATA DE LAS NUBES DE TORMENTA DE ARTHUR BENJAMIN


Versión nuevamente orquestada por Bernard Herrmann de la Cantata Nubes de Tormenta de Arthur Benjamin, con la Orquesta Sinfónica de Londres, dirigida por el propio Bernard Herrmann.



El hombre que sabía demasiado” (“The man who knews too much”, Alfred Hitchcock, 1956)

Entrada relacionada: La popularidad de un proverbio.

ALFILERAZOS FOTOGÉNICOS (XI): NOODLES SONRÍE DE NUEVO




Noodles (Robert de Niro) en la escena final de "Érase una vez en América" ("Once upon a time in America", Sergio Leone, 1984), sonriendo mientras suena el tema musical compuesto por Ennio Morricone.


sábado, julio 11, 2009

SÁBADO MUSICAL: OLD TIME ROCK AND ROLL



Hace unos días, durante una conversación de barra, empezó a sonar esta música por los altavoces. Un amigo, Ma***, y yo nos miramos el uno al otro. Nos resultaba conocido el tema pero en un principio no nos dábamos cuenta del porqué. Así transcurrieron unos segundos hasta que uno de nosotros pronunció la palabra “película” y el otro respondió “Risky Business”.




Risky Business” (Paul Brickman, 1983)


Entre las múltiples versiones disponibles yo me quedo también con la del peluche extraterrestre, con permiso de T. C.

lunes, julio 06, 2009

UN TABLÓN CON VISTAS


[En el capítulo anterior los prisioneros malviven lo que les resta de existencia. Les han trasladado al Deméter, en cuya cubierta permanecen maniatados, a la espera del final que los filibusteros les tienen preparado. El tablón que han clavado en una de las bordas no permite albergar muchas dudas acerca de su naturaleza].


Dibujo de Howard Pyle

[Música de acompañamiento].


Oscurece.


Una fina llovizna comienza a caer sobre cubierta.


Para conjurar las nacientes tinieblas nuestros captores encienden unos fanales que iluminan la cubierta por medio de una luz verdosa y espectral.


Cuentan algunos marineros que cuando te encuentras a punto de ahogarte, cuando tus pulmones ávidos del oxígeno vital tratan incluso de arrancarlo del agua que te rodea, recibes la visita de una mujer de vaporosas vestiduras, y que por entre los mechones de su aleteante cabellera podrás entrever unos ojos profundamente verdes, de un verde más refulgente que el de las esmeraldas.


Esa es la señal de que tu fin se aproxima.


Una vaharada a grasa de cerdo penetra en mis fosas nasales. Ante mí distingo unas toscas botas: el contramaestre.


Su contrariado aspecto denota que el botín es mucho más exiguo de lo que esperaba. Una parte y media de nada, lo que le corresponde en buena ley, no es mucho para compensar los riesgos inherentes al saqueo. Como ecónomo del buque sabe bien que no resulta un negocio rentable el asaltar navíos para no obtener recompensa alguna.


A un ladrido suyo dos de entre ellos levantan en vilo al señor Pond, las manos reciamente atadas, arrastrándole por fuerza hasta el tosco mirador. El pobre hombre se tambalea un segundo, inestable, a punto se encuentra de perder el equilibrio. Mas todavía es demasiado pronto, no ha comenzado la diversión.


Uno de los filibusteros, más osado que sus compañeros, le pincha levemente el costado con la punta de su sable. A decir verdad esa precaución resulta innecesaria, ya de su brazo herido mana un riachuelo rojizo que termina por desembocar sobre la crispada superficie del océano.


Él será el primero…


Entonces, como si hubiera sacado fuerzas de lo más profundo de su pecho el señor Pond profiere un grito, un alarido, el epitafio a inscribir sobre su mausoleo de espuma:


-¡¡¡Código de Galibor!!!


Al oír estas tres simples palabras los filibusteros enmudecen. Un pistoletazo hiende la lluvia, la luz verdosa, las risotadas…; le sigue una voz gutural propia del rodar de la mar al retirarse sobre una playa repleta de guijarros.


-¡¡Quién osa invocar el código?? ¡¡Qué hijo de inmunda perra se atreve en mi presencia a mencionar el Código??


Al punto palidecen los filibusteros, bañados en el más genuino terror. Algunos se echan a un lado para formar un corredor y, allí, a través del hueco formado, surge la imponente figura del capitán Van der Dertien.


Había escuchado muchas historias acerca del vesánico pirata, mas aun y así nada de cuanto había oído relatar me había preparado para la visión que mis ojos estaban contemplando.


Bajo la fina llovizna se erige un hombretón descomunal. Su altura bien puede alcanzar los siete pies , tremenda estatura que difícilmente cubre una raída casaca de capitán de la Marina de Su Graciosa Majestad. En la pechera del uniforme un costurón toscamente remendado, bordeado por un mancha negruzca, restos de pólvora sin duda, proporciona una idea bastante aproximada acerca de cuál había sido el destino de su anterior propietario. Cruzadas sobre el ancho pecho dos cananas de cuero en las que descansan bien sujetos seis pistolones, el séptimo, aún humeante, lo aferra con su nudosa mano derecha: exactamente uno menos que el legendario capitán Morgan.


A medida que los escalofríos me recorren voy elevando la vista hasta que puedo contemplar su rostro. Jamás lo olvidaré…

Si a un demonio enfurecido le fuera dado el tomar la imagen de un hombre a buen seguro que su expresión habría sido mucho más pacífica.


Los ojos inyectados en sangre. Su faz arrugada por la ira más indómita. La boca una cuchillada sanguinolenta. La cabeza, completamente rapada, tocada con un tricornio ladeado. El capitán Harmen Van der Dertien “el Javanés”.


Se acerca muy lentamente, paso a paso, la mirada fija en el señor Pond, como una serpiente que se aproximara reptando, presta a lanzar su ataque mortal. Y cuando ya se encuentra junto a la borda, a un paso del desdichado, le susurra:


-¿...Quién osa invocar el código?


Miro al señor Pond quien, a pesar de la súbita aparición, permanece firme, cimbreándose sobre la tabla, soportando la sibilante mirada.


-Yo...

El filibustero aguarda inmóvil durante unos segundos, como si sopesara la situación hasta en sus más mínimos detalles. Acaso se encuentre ante un loco, o bien, quizás, aquel prisionero sea demasiado consciente de que no importa cuanto haga o diga pues al fin y al cabo su fin ya está más que decidido y determinado.


-¿Tú?


-Sí, ¡yo!


La determinación del señor Pond logra modificar el talante del capitán. Al menos las arrugas desaparecen y el tajazo rojizo que hasta entonces formaban sus labios prietos se tuerce para adoptar las formas de una sonrisa despiadada.


-¿...Y con qué derecho lo invocas?


El señor Pond prosigue manteniendo la mirada, sin temblar apenas, sólo me parece percibir un leve movimiento en sus manos.


-Con éste…


Tres tintineos. Uno tras otro.


-Tres cabos. Tres aretes. Tres historias. Tres vidas…


Un rumor a oleaje recorre la cubierta. El capitán remueve su cabeza y el arete que cuelga en su oreja derecha brilla bajo la luz verdosa procedente de los fanales. Su rostro, antes cárdeno, palidece. Se diría que una mano invisible lo fuera cubriendo con un sudario.


El señor Pond prosigue su letanía…


-… Cabo de Hornos, Cabo de Buena Esperanza, Cabo Darwin,… Tres cabos. Tres aretes… El Código de Galibor.


Las ranuras que se abren bajo las espesas cejas de Van der Dertien se ensanchan, sus ojos se agrandan, sus pupilas se achatan hasta no ser más grandes que cabezas de alfiler.


Entre los marinos que recorren los siete mares existe una hermandad más antigua y más firme que cualquier otra. La componen aquellos de entre ellos que habían logrado vencer la empresa de doblar al menos uno de los tres grandes cabos. Mas dentro de esa hermandad existen escalafones y, en el más alto de todos, en la cúspide, se encuentran los que habían dominado el triplete.



A los pies del señor Pond, sobre el tablón, brillando sobre aquel cadalso, reposan tres aretes dorados, tintos de sangre, que prueban su pertenencia a ese reducido grupo de indomables.


Un goteo rojizo cae, rítimicamente, al lado de las joyas, tras descender por el cuello y el pecho del desdichado, dibujando un charco que se escurre hasta el borde y desde allí al océano…


El capitán le gira la cabeza de izquierda a derecha con un ademán contundente y retira su mano, ahora ensangrentada.


El capitán Van Der Dertien, ajeno al revuelo orquestado por su tripulación, fija de nuevo sus ojos en los del señor Pond. Algún cambio ha sufrido su rostro. Donde antes sólo se percibía un espíritu endemoniado ahora brilla cierta luz, muy tenue. Muy lentamente pronuncia una frase, más bien la susurra:

-A medida que pasan los años... las bordas se pueblan de fantasmas...

Después, elevando su vozarrón lo suficiente como para que se oyera desde todos los rincones del barco prosigue:

-¡Sea!

sábado, julio 04, 2009

SÁBADO MUSICAL: DUELO DE GUITARRAS




Duelo de guitarras entre Ralph Macchio y Steve Vai en “Cruce de Caminos” (“Crossroads”, Walter Hill, 1986)





Leonidas Kavakos interpreta el capricho número 24 de Nicolo Paganini

NOTA ADICIONAL: entrada relacionada, El bluesman que hizo un pacto con el diablo.

lunes, junio 29, 2009

DIGNIDAD, SIEMPRE DIGNIDAD

Desde luego, de la película "Cantando bajo la lluvia" ("Singin´ in the Rain", Stanley Donen, 1952) podrían extraerse escenas enteras, prodigiosos números de baile incluidos, hasta el punto que mejor sería buscar un ratito para volver a visionar enterito el DVD (por algún rincón de la estantería debe encontrarse escondido). Sin embargo temo que deberé esperar aún unos días para cumplir ese placentero deseo.

Por ejemplo, y sin ir más lejos, recuerdo que el número que linkeo en el párrafo anterior, ese energizante "Mak´em Laugh", hizo que un amigo pensara en perpetrar (ejem, preparar) un gag cómico basado en él. Para gran suerte, y no menor alivio, del propietario del sofá (y del salón, y ya que estamos hablando de propiedad, de la casa en sí) no se arrancó a ensayar de forma inmediata allí mismo...

Entre las múltiples escenas, porque son tantas y tantas, quiero hoy recordar una en especial. Corresponde al comienzo de la película, a ese momento en el que en la cúspide de la fama (siempre me hizo gracia esa expresión, da la impresión que quien goza de esa situación se mantiene allá arriba con los pies de puntillas, por miedo a caerse) Don Lockwood (Gene Kelly) rememora con no poco humor, y un chorrito de imaginación, sus "duros" comienzos en el mundo del cine. Pero sobre todas las cosas lo que más gracia me hace es precisamente el lema que siempre llevaba prendido de los labios y que entona con acento mayestático, henchido de orgullo: "dignidad, siempre dignidad".

No sé muy bien cómo explicarlo pero cada vez que lo recuerdo me acostumbro a reír solo.



Nota adicional: acabo de reparar en que el director de cine se apellida Dexter, dato que ya había olvidado y que me empuja a cumplir el rito de volver a visionarla una vez más lo antes posible.


martes, junio 23, 2009

PHILLIP SCOTT JOHNSON






Sin palabras...


Mi más sincero agradecimiento a S*** M***, es a él a quien debo este hallazgo.

domingo, junio 21, 2009

SIC TIBI MARE LEVIS

[En el episodio anterior… dejamos a la dotación que atiende al Loro Azul a merced de los filibusteros del capitán van der Dertien, peleando por sus vidas con cuantas armas se hallan al alcance de sus manos. Una vez iniciado el abordaje la encarnizada lucha pasa a desarrollarse sobre la cada vez más ensangrentada cubierta, entre mandobles, fintas y estocadas].








[MÚSICA DE ACOMPAÑAMIENTO].


Humillados.
Arrodillados de espaldas al castillo de popa.
Sentimos cómo las astillas se clavan hasta el mismísimo hueso.
Las muñecas, ateridas, sin sangre. Unos cabos húmedos, salitrosos, mantienen prendidas nuestras manos, pálidas a causa del frío; la humedad, la tirantez del cáñamo a medida que se seca, el miedo.
Un miedo terribe, cerval, franco terror, pánico; un conglomerado de sensaciones que hace que nos mantengamos cabizbajos, a la espera de nuestro fatal destino.


El combate ha concluido. A pesar de nuestro arrojo nada pudimos hacer para derrotarles. Eran muchos, demasiados. La metralla escupida por sus culebrinas había diezmado a la tripulación. Sólo nos había restado luchar, luchar y luchar, aunque sólo fuera por puro orgullo, o por desesperación.


A cada vano intento de elevar un tanto el rostro la punta de un sable, hincada muy levemente sobre nuestras gargantas hinchadas, nos obliga a reconsiderar nuestra intención, a agachar la cerviz, a rumiar por lo bajo el salado sabor de la derrota.
Agachados como estamos sólo alcanzamos a oír el tumulto organizado a nuestra vera y bajo nuestros pies y rodillas: las frenéticas carreras de acá para allá, entre gritos de triunfo y risotadas; las terribles maldiciones que proferían los que emergían de la bodega, sus manos vacías, al no haber hallado nada de valor salvo un cargamento compuesto por sacos y sacos de café. Café, nada de oro u objetos preciosos.


Tañido de una campana.
Sonidos de claveteos.
Latidos de nuestros corazones.
Goteo rítimico de la sangre al caer sobre cubierta, procedente de nuestras abiertas heridas.


Algunos de entre ellos se habían ocupado de asentar un tablón en la amura de estribor: un trampolín con vistas. Ahora bien, puesto a escoger entre un breve paseo coronado por una fatal zambullida o bien degustar un pegote de grasa de cerdo antes de ser pasado bajo la quilla encontrábamos preferible al primero. Siempre y cuando no se impacientaran y como resultado decidieran acudir a otros métodos más expeditivos tales como arrojarnos sin mayores miramientos por encima de la borda.
Mas algo me decía que el capitán van der Dertien y su tripulación gozaban de un espíritu harto juguetón.

SURREALISMO


Cuantos le conocían habían procurado quitarle aquella loca idea. Se le aconsejó que la olvidara, que la borrara de su mente; mas sin éxito. No mejor suerte acompañó al abundante peregrinar de familiares y amigos hacia su residencia, en boca de todos el mismo ruego. No podía negarse su constancia y su terquedad, tanto en el caso de los unos como del otro, aunque en él la primera se plasmara desagradablemente en una amplia reserva de la segunda. Nadie conseguía convencerle.


El escritor que habitaba en su interior le urgía a llevar hasta el final su pretensión. No le arredraba el carecer de cualquier clase de conocimiento acerca del tema, ni siquiera que nunca hasta entonces se hubiera planteado seriamente acometer tan descabellada empresa. Aún más, ambas constituían razones de peso para emprenderla cuanto antes. Había leído multitud de textos consagrados a la cuestión, sintiéndose capacitado para iniciar el viaje. Sí, había dedicado muchas noches al estudio concienzudo de las novelas de Verne y Salgari, el "Moby Dick" de Melville, los folletines de piratas de Sabatini, las aventuras de Jack London...; en fin, en su imaginación había circunnavegado varias veces el Globo (como viva muestra varios aretes pendían de su lóbulo izquierdo).


Con pareja maestría e ilusión comenzó a navegar entre los píxeles de su monitor, sorteando tormentas de cursivas y arrecifes suspensivos, rozando cabos finales y huyendo de tribus inamistosas procedentes de islas de blancos márgenes,... Incluso su tez adquirió un tono tostado propio de un genuino lobo de mar. Algunos que le visitaron en aquellos primeros momentos aseguran haber visto una que otra gaviota aleteando cerca de la lámpara, en el brumoso techo.


Uno tras otro transcurrieron los días y la travesía novelada no cesaba en su avance, con el viento hinchando las velas de su creatividad. Acerca de su dureza proporcionaba una buena muestra el hecho de que nadie le hubiera visto salir de su camarote. Salvo algunos amigos y los encargados de avituallarle nadie accedía a la casa.


Y llegó el aciago día en que alcanzaron el previsto cumplimiento los vaticinios desplegados. Como involuntario testigo del desenlace un histérico proveedor de víveres; la causa del sobresalto, un silenciosamente boqueante cuerpo, todo ojos.


El escritor había perecido ahogado. No sabía nadar.

miércoles, junio 10, 2009

ALFILERAZOS FOTOGÉNICOS (X): SPARTACUS EN HISPANIA

Stanley Kubrick durante los preparativos del rodaje en España de su película "Espartaco" ("Spartacus", 1960)