Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.

Bienvenidos a mi hogar. Entren libremente. Pasen sin temor. ¡Y dejen en él un poco de la felicidad que traen consigo!
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lunes, 6 de julio de 2009

UN TABLÓN CON VISTAS


[En el capítulo anterior los prisioneros malviven lo que les resta de existencia. Les han trasladado al Deméter, en cuya cubierta permanecen maniatados, a la espera del final que los filibusteros les tienen preparado. El tablón que han clavado en una de las bordas no permite albergar muchas dudas acerca de su naturaleza].


Dibujo de Howard Pyle

[Música de acompañamiento].


Oscurece.


Una fina llovizna comienza a caer sobre cubierta.


Para conjurar las nacientes tinieblas nuestros captores encienden unos fanales que iluminan la cubierta por medio de una luz verdosa y espectral.


Cuentan algunos marineros que cuando te encuentras a punto de ahogarte, cuando tus pulmones ávidos del oxígeno vital tratan incluso de arrancarlo del agua que te rodea, recibes la visita de una mujer de vaporosas vestiduras, y que por entre los mechones de su aleteante cabellera podrás entrever unos ojos profundamente verdes, de un verde más refulgente que el de las esmeraldas.


Esa es la señal de que tu fin se aproxima.


Una vaharada a grasa de cerdo penetra en mis fosas nasales. Ante mí distingo unas toscas botas: el contramaestre.


Su contrariado aspecto denota que el botín es mucho más exiguo de lo que esperaba. Una parte y media de nada, lo que le corresponde en buena ley, no es mucho para compensar los riesgos inherentes al saqueo. Como ecónomo del buque sabe bien que no resulta un negocio rentable el asaltar navíos para no obtener recompensa alguna.


A un ladrido suyo dos de entre ellos levantan en vilo al señor Pond, las manos reciamente atadas, arrastrándole por fuerza hasta el tosco mirador. El pobre hombre se tambalea un segundo, inestable, a punto se encuentra de perder el equilibrio. Mas todavía es demasiado pronto, no ha comenzado la diversión.


Uno de los filibusteros, más osado que sus compañeros, le pincha levemente el costado con la punta de su sable. A decir verdad esa precaución resulta innecesaria, ya de su brazo herido mana un riachuelo rojizo que termina por desembocar sobre la crispada superficie del océano.


Él será el primero…


Entonces, como si hubiera sacado fuerzas de lo más profundo de su pecho el señor Pond profiere un grito, un alarido, el epitafio a inscribir sobre su mausoleo de espuma:


-¡¡¡Código de Galibor!!!


Al oír estas tres simples palabras los filibusteros enmudecen. Un pistoletazo hiende la lluvia, la luz verdosa, las risotadas…; le sigue una voz gutural propia del rodar de la mar al retirarse sobre una playa repleta de guijarros.


-¡¡Quién osa invocar el código?? ¡¡Qué hijo de inmunda perra se atreve en mi presencia a mencionar el Código??


Al punto palidecen los filibusteros, bañados en el más genuino terror. Algunos se echan a un lado para formar un corredor y, allí, a través del hueco formado, surge la imponente figura del capitán Van der Dertien.


Había escuchado muchas historias acerca del vesánico pirata, mas aun y así nada de cuanto había oído relatar me había preparado para la visión que mis ojos estaban contemplando.


Bajo la fina llovizna se erige un hombretón descomunal. Su altura bien puede alcanzar los siete pies , tremenda estatura que difícilmente cubre una raída casaca de capitán de la Marina de Su Graciosa Majestad. En la pechera del uniforme un costurón toscamente remendado, bordeado por un mancha negruzca, restos de pólvora sin duda, proporciona una idea bastante aproximada acerca de cuál había sido el destino de su anterior propietario. Cruzadas sobre el ancho pecho dos cananas de cuero en las que descansan bien sujetos seis pistolones, el séptimo, aún humeante, lo aferra con su nudosa mano derecha: exactamente uno menos que el legendario capitán Morgan.


A medida que los escalofríos me recorren voy elevando la vista hasta que puedo contemplar su rostro. Jamás lo olvidaré…

Si a un demonio enfurecido le fuera dado el tomar la imagen de un hombre a buen seguro que su expresión habría sido mucho más pacífica.


Los ojos inyectados en sangre. Su faz arrugada por la ira más indómita. La boca una cuchillada sanguinolenta. La cabeza, completamente rapada, tocada con un tricornio ladeado. El capitán Harmen Van der Dertien “el Javanés”.


Se acerca muy lentamente, paso a paso, la mirada fija en el señor Pond, como una serpiente que se aproximara reptando, presta a lanzar su ataque mortal. Y cuando ya se encuentra junto a la borda, a un paso del desdichado, le susurra:


-¿...Quién osa invocar el código?


Miro al señor Pond quien, a pesar de la súbita aparición, permanece firme, cimbreándose sobre la tabla, soportando la sibilante mirada.


-Yo...

El filibustero aguarda inmóvil durante unos segundos, como si sopesara la situación hasta en sus más mínimos detalles. Acaso se encuentre ante un loco, o bien, quizás, aquel prisionero sea demasiado consciente de que no importa cuanto haga o diga pues al fin y al cabo su fin ya está más que decidido y determinado.


-¿Tú?


-Sí, ¡yo!


La determinación del señor Pond logra modificar el talante del capitán. Al menos las arrugas desaparecen y el tajazo rojizo que hasta entonces formaban sus labios prietos se tuerce para adoptar las formas de una sonrisa despiadada.


-¿...Y con qué derecho lo invocas?


El señor Pond prosigue manteniendo la mirada, sin temblar apenas, sólo me parece percibir un leve movimiento en sus manos.


-Con éste…


Tres tintineos. Uno tras otro.


-Tres cabos. Tres aretes. Tres historias. Tres vidas…


Un rumor a oleaje recorre la cubierta. El capitán remueve su cabeza y el arete que cuelga en su oreja derecha brilla bajo la luz verdosa procedente de los fanales. Su rostro, antes cárdeno, palidece. Se diría que una mano invisible lo fuera cubriendo con un sudario.


El señor Pond prosigue su letanía…


-… Cabo de Hornos, Cabo de Buena Esperanza, Cabo Darwin,… Tres cabos. Tres aretes… El Código de Galibor.


Las ranuras que se abren bajo las espesas cejas de Van der Dertien se ensanchan, sus ojos se agrandan, sus pupilas se achatan hasta no ser más grandes que cabezas de alfiler.


Entre los marinos que recorren los siete mares existe una hermandad más antigua y más firme que cualquier otra. La componen aquellos de entre ellos que habían logrado vencer la empresa de doblar al menos uno de los tres grandes cabos. Mas dentro de esa hermandad existen escalafones y, en el más alto de todos, en la cúspide, se encuentran los que habían dominado el triplete.



A los pies del señor Pond, sobre el tablón, brillando sobre aquel cadalso, reposan tres aretes dorados, tintos de sangre, que prueban su pertenencia a ese reducido grupo de indomables.


Un goteo rojizo cae, rítimicamente, al lado de las joyas, tras descender por el cuello y el pecho del desdichado, dibujando un charco que se escurre hasta el borde y desde allí al océano…


El capitán le gira la cabeza de izquierda a derecha con un ademán contundente y retira su mano, ahora ensangrentada.


El capitán Van Der Dertien, ajeno al revuelo orquestado por su tripulación, fija de nuevo sus ojos en los del señor Pond. Algún cambio ha sufrido su rostro. Donde antes sólo se percibía un espíritu endemoniado ahora brilla cierta luz, muy tenue. Muy lentamente pronuncia una frase, más bien la susurra:

-A medida que pasan los años... las bordas se pueblan de fantasmas...

Después, elevando su vozarrón lo suficiente como para que se oyera desde todos los rincones del barco prosigue:

-¡Sea!

martes, 10 de enero de 2012

EL SEÑOR POND ENCONTRÓ UN MAL DÍA PARA DEJARSE DE NUEVO BIGOTE



Esta misma mañana hemos acudido tanto Sacha como uno mismo al aeropuerto provincial, a recoger al señor Pond. Nuestro amigo regresaba de unas bien merecidas vacaciones en Centroeuropa, dedicado al parecer a la pesca de la trucha; o al menos esa excusa nos había dado antes de su partida.


El señor Pond dedicado, paradójicamente y contra su costumbre, al descanso más absoluto



Sin embargo, según nos acaba de confesar, lo cierto es su pretensión última pasaba por tomarse unos días de relax, dedicado en exclusiva al "dolce far niente". En ningún momento pretendía dedicar esfuerzo alguno a luchar a caña partida contra cualquier miembro de la familia de los salmónidos, subfamilia de los salmoninae. Entre otras razones porque ni un solo integrante de dicha familia se había mostrado hostil con su persona, según creía recordar, razón por la cual encontraba del todo punto maleducado, cuando no poco delicado, entablar combate alguno contra alguno de ellos.
Aparte de preparar las maletas con lo necesario para su estancia, dedicó unas semanas a dejarse bigote, como parte de la indumentaria para sus vacaciones "piscícolas" (sic). Desconozco la relación entre ambas, al bigote y a las actividades ribereñas me refiero, por lo que no abundaré en mayores explicaciones acerca de sus motivaciones.
Tras un brindis para celebrar el nuevo año partió en un vuelo con destino a Strelsau, siendo Elphberg su destino final. Trátase de un pequeño pueblecito cercano a la capital, Strelsau, última parada de su periplo, no sin antes permanecer unos días en la capital, alojado en el Hotel Excelsior ("no se parece en nada al Hilton", afirmó). Y eso fue lo último que supimos de él hasta hace un par de días, cuando la embajada española en Ruritania se puso en contacto con nosotros por medio de una llamada telefónica.


Hombre parco en palabras, cuando tal es su deseo, ninguna explicación nos dio al respecto de su repentina desaparición y aún más repentina reaparición. Solo una media sonrisa, unas enigmáticas palabras que a buen seguro tendrán algún significado mas solo para él ("escogí un mal día para dejarme de nuevo bigote") y un puñado de fotografías con un comentario al pie.


Dado nuestro respeto por las actividades de nuestro amigo y compañero nos hemos limitado, después de solicitarle el oportuno permiso, a incluir a continuación el álbum fotográfico de sus "accidentadas" y no menos misteriosas vacaciones.


Ni que decir que la fiesta en el Departamento de Búsquedas Infructuosas, con motivo del regreso de su máximo responsable, duró hasta bien entrada la madrugada (para desgracia de los vecinos que vieron interrumpido su solaz y descanso nocturno).




Parajes como éste atraen cada año a miles de turistas aficionados a la pesca




Vista de Strelsau, al fondo la catedral, construida en el siglo XIII, reinando Clodobaldo VIII "el rijoso", y finalizada por su hijo Clodobaldo IX "el supérstite"




El señor Pond, sumamente integrado, disfrutando de la gastronomía y las bebidas locales, más de las segundas que de la primera
[Fotografía tomada en el restaurante Glücklich Magen del chef Evaristo Zoriona]




Integrantes del eficiente servicio de habitaciones del Hotel Excelsior de Strelsau: "si golpean a la puerta de tu habitación a las seis de la madrugada puedes permanecer tranquilo puesto que posees la plena seguridad de que no se trata del lechero"




Fiesta de disfraces: el señor Pond, acompañado de otros invitados, ataviados para la ocasión




En Ruritania existen muchos enclaves pintorescos y edificios históricos de obligada visita




A pesar de que su pretensión era descansar no quiso desaprovechar la ocasión de recibir unas clases de esgrima de un maestro de la prestigiosa Escuela Húngara de Strelsau



Suponemos que la misteriosa dama de la derecha, a la que conoció al parecer en la fiesta de disfraces, guarda la respuesta de la extraña desaparición temporal de el señor Pond




Ahora bien, lo que seguimos preguntándonos Sacha y yo es qué tiene que ver la renacida abundancia pilosa sobre el labio superior de nuestro amigo con cuanto les hemos revelado... Un misterio más.

jueves, 20 de septiembre de 2012

PINTAMOS NUESTRA PERSIANA


Hace ya unos días el señor Pond, Sacha y uno mismo regresamos de una corta estancia en Madrid. Al menos una vez al año nos gusta poner a secar nuestros huesos, ya un poco cansados de la humedad (ambiente) y de la sequedad (de intereses) reinantes acá arriba. Ni qué decir que el viaje resultó provechoso.

Como ya somos veteranos en lo que a compartir viajes se refiere no bien habíamos dejado nuestras valijas en el hotel ya cada uno se había dispersado por la urbe, de acuerdo con los planes que hubiera trazado de antemano.

Según me cuentan a Sacha le vieron varias veces desayunando en el Café Comercial, aunque este extremo, dado lo poco hablador que es, no podría confirmarlo.

En cuanto al señor Pond me consta que hizo una breve visita a "La Buena Vida", en Vergara, para después establecerse definitivamente en el "Café Via Margutta" en "Ocho y Medio", a la búsqueda de cierto libro sobre Preston Sturges.




A la vista de que aquí cada cual seguía sus propios derroteros me propuse recuperar mi abandonada costumbre de caminar, las más de las veces sin rumbo fijo, al tiempo que comprobaba la resistencia del calzado sometido a un esfuerzo por lo demás bastante desacostumbrado.

Como parte de mis periplos kilométricos de vez en vez me detenía a hacer alguna que otra fotografía (nada del otro mundo, no se vayan a pensar), tratando de atrapar aquello que me llamaba la atención; tomaba alguna que otra cañita (por aquello de no deshidratarme) y bebía abundante agua (para paliar los efectos no ya solo de la deshidratación sino de las cañitas).

Tras varios días de vagabundeo por separado los tres nos reunimos para el viaje de regreso, momento en el que el señor Pond y uno mismo nos dedicamos a intercambiar impresiones. Ya mencioné que Sacha, nuestro barista, no es muy hablador sino más bien un hombre de hechos. Y de hecho, valga la redundancia, desde nuestro regreso prepara unos granizados de café con leche aderezados con Bailey´s...


Entre las fotos que le mostré al señor Pond hubo dos que le llamaron poderosamente la atención.


Calle Conde Romanones
Por suerte cuando me lo encontré aún no había abierto


Calle Núñez de Arce
Sábado, a las ocho de la mañana. Primero atrajo mi atención la maleta abandonada, hasta ese momento solo me había cruzado con botellas y vasos de plástico, y después la decoración de la persiana; sería ya de regreso cuando observaría con mayor detalle el nombre del establecimiento

 
Como les decía, durante nuestro regreso el señor Pond examinó con sumo cuidado estas dos fotografías (cinco horas de viaje dan para mucho, incluso para ponerse al día en el visionado de "blockbusters" por cortesía de la compañía de transportes).
Al arribar a destino me miró durante unos segundos, con esa mirada en la que sus ojos adoptan el aspecto de un estanque (ya les he hablado anteriormente de ella) y pronunció estas tres palabras: "tengo una idea".


Desde entonces nuestra persiana ya no es exactamente de color rojo...



martes, 7 de abril de 2009

...LES PRESENTO AL SEÑOR POND


Creo llegado el momento de hablarles acerca del señor Pond. Cuantos visitan este café cinéfilo habrán tenido cuantiosas oportunidades de leer algunas de sus aportaciones. No hará falta explicar, por tanto, que se trata del responsable máximo del Departamento de Búsquedas Infructuosas (D.B.I.), el mismo que en este adhocrático establecimiento se ocupa, su nombre proporciona una pista segura acerca de su cometido, de indagar, auscultar y, en suma, de buscar cuanta documentación sea precisa para apuntalar los artículos que de cuando en cuando van apareciendo.


Cierta tarde, y de eso ya hace unos cuantos meses, se personó por el Loro Azul un desconocido que bien pronto dejó de ser tal para formar parte de la plantilla de los habituales. Aparte de quien esto escribe, y permítanme que me mencione en primer lugar, tenemos también a Sacha, ese loco ruso, el único que parece conocer a la perfección cuáles son los estados de ánimo de la cafetera, así como las manías que sus circuitos de agua caliente parecen provocar un día sí y otro también.


Nunca me han dado buena espina quienes portan bastones y huelen a perfume de gardenias. En su presencia siento de inmediato un temor irracional a que se encuentren prestos a desenfundar un revólver de pequeño calibre cuanto menos te lo esperas; el veintidós es un bonito número mas en determinados contextos pierde fatalmente mucho de su encanto.

Como fuera que aquel desconocido no desprendía aroma floral alguno, y además no se distinguía el más mínimo rastro de muletas o bastones decidí darle un voto de confianza. En pago a mi actitud benevolente me respondió con un gesto silencioso mientras me tendía una cartulina confeccionada en un papel verjurado de alto gramaje. Si hubiera puesto encima de la mesa, me encontraba tomando uno de los cafés especiales de Sacha (“el café debe ser caliente como el infierno, negro como el diablo, puro como un ángel y dulce como el amor”, la frase no es suya sino de Talleyrand), un oscar en un homenaje velado a Gregg Toland (v. “RKO 281”) no me hubiera mostrado menos sorprendido. Sin embargo mientras paseaba los ojos por el texto impreso una vocecita interior me dijo que aquel hombre hablaba mucho más de lo que callaba.


Como resultara que su predecesor en su futuro puesto, el de documentalista-jefe, me había abandonado poco antes opté por contratarle, decisión a la que ayudó sus pretensión de ejercer como tal a título gratuito. No hará falta que les explique que luego de unos minutos, durante los que aguardó pacientemente a que yo terminara de leer el texto, sí que pronunció algunas frases.


Por supuesto yo acepté sus condiciones sin entrar en molestas negociaciones y regateos. Llevado por un talante diplomático para nada pretendí ofenderle contrariando sus deseos.


La causa fundamental de la marcha del anterior responsable había sido la presencia de unas discrepancias económicas que se mostraron como insalvables y que se basaban en la naturaleza y cuantía de los emolumentos percibidos. Yo consideraba que se encontraba más que bien pagado mientras que él discrepaba acerca de este parecer. Mantenía tozudo que una palmadita en la espalda de tanto en tanto no constituía suficiente contraprestación para sus desvelos. No negaré que su pretensión de alimentarse a diario así como la de costearse tanto vestimenta como otros gastos personales a costa de mis ya de por sí menguados capitales me hacían inclinarme a pensar que, debido a una mala interpretación de nuestra relación contractual, había acabado por tomarme por un filántropo.


Fue en esta forma como el viento fresco, y junto a él el propio señor Pond, arribaron a este establecimiento.



En sucesivas charlas mantenidas en sucesivas jornadas, mil y una tazas de café de por medio, fui poco a poco descubriendo los hitos de su carrera que él, parco en elogiarse a sí mismo, tuvo a bien mencionar dosificándolos con cuentagotas.

En cierta ocasión había colaborado junto a la señorita Bunny y el no menos prestigioso ingeniero Richard Summer en la modernización del departamento de documentación de un canal de noticias.



"Su Otra Esposa" ("Desk Set", Walter Lang, 1957)


Empujado por su carácter de hombre emprendedor decidió, valga la redundancia, emprender una nueva carrera y terminó recalando en uno de los departamentos de la acrisolada Crimson Permanent Assurance.




Quizás cansado de las aventuras a las que los nuevos vientos empujaron a la plantilla no tardó en abandonar también este barco.

Lo último que me confesó es que había ocupado un puesto de funcionario en el Ministerio de Información, mas esta vez las labores a desempeñar se revelaron tan sumamente burocráticas que no tardaron en chocar con su forma de ser.



"Brazil" (Terry Gilliam, 1985)


Ante la disyuntiva de seguir nuevos derroteros o convertirse en un Bartleby decidió optar por la primera opción. Así fue como acabó por atravesar el umbral de "El Loro Azul"...



Para terminar sólo me resta incluir a continuación el texto que figuraba impreso en aquella cartulina, confeccionada en un papel verjurado de alto gramaje.
Hela aquí.


"A poco que se reflexionara sobre ello, Mr. Pond se asemejaba curiosamente al estanque del jardín. Durante la mayor parte del tiempo era igual de sereno, igual de límpido y claro, valga la expresión, en sus habituales reflejos de la tierra y el cielo y la hermosa luz del día. Y sin embargo yo sabía que en el estanque del jardín había algunas cosas raras. Una de cada cien veces, uno o dos días en todo el año, el estanque parecía enigmáticamente distinto; o su lisa tranquilidad era interrumpida por una sombra fugaz o un relámpago; y un pez o un sapo o alguna criatura más grotesca se mostraba al cielo. Y yo sabía también que en Mr. Pond había monstruos: monstruos mentales que emergían sólo un instante a la superficie y luego retornaban a las profundidades. Se mostraban en forma de comentarios monstruosos en medio de su charla razonable e inofensiva. Algunos pensaban que a la mitad de una conversación harto juiciosa se volvía loco de improviso. Pero asimismo no tenían más remedio que admitir que de inmediato regresaba a la cordura".


"Las Paradojas de Mr. Pond", Gilbert Keith Chesterton.

martes, 26 de mayo de 2009

EL CHISTE DE "TO BE OR NOT TO BE": UN MISTERIO A LA MEDIDA DEL SEÑOR POND



¿ El coronel "Campo de Concentración" Ehrhardt a punto de soltar el chiste...?
¡¡¡Schuuuuuuuultz!!!



Hace escasos días nos encontrábamos el señor Pond y un servidor, sentados a una mesa, ante sendos cafés con leche, cuando el primero empezó a hablar acerca del artículo dedicado a Felix Bressart. Al poco rato ya ambos estábamos muy ocupados, recitando de memoria algunos de los memorables diálogos que perlan la película. Y entonces, entonces surgió el famoso chiste…


A un brandy le han puesto el nombre de Napoleón, a un arenque el de Bismarck y a un queso el de Hitler[=they named a brandy after Napoleon, they made a herring out of Bismarck, and the Fuhrer is going to end up as a piece of cheese!"].


No pasó ni un minuto desde que el señor Pond hubiera pronunciado esta frase cuando surgió la inevitable pregunta: ¿y cuál es la naturaleza exacta del chiste? Sin embargo ninguno de los dos poseíamos una respuesta válida. No era la primera vez que surgía esta duda. Ya durante el transcurso de otras conversaciones mantenidas con amigos y colegas nos habíamos planteado la misma duda.
Se pueden decir muchas cosas acerca del señor Pond, las más verdaderas, y una de ellas es que no suele conformarse con un encogimiento de hombros. Sin siquiera terminarse el café salió raudo del cafetín en dirección a su casa, donde guarda un archivo que haría las delicias de Guillermo de Baskerville.
Empezaron a transcurrir los minutos, las horas, y el bueno del investigador seguía sin aparecer, por lo que a la vista de que su ausencia parecía ser casi definitiva tomé la decisión de dar buena cuenta de lo que quedaba de su café (Sacha se ofende profundamente cuando algún cliente no se bebe todo el contenido de las tazas que sirve).
Al fin apareció, sudoroso, el rostro desencajado, una gran interrogante cubriéndole el rostro. Aferrado en la crispada mano portaba algunos folios garabateados, a pesar de que no desdeña las nuevas tecnologías sigue apreciando el tacto del papel y el rasgueo del bolígrafo sobre las cuartillas. Sin pronunciar palabra me las entregó:

  • Ciertas clases de queso no huelen precisamente bien (lo cual no quita para que su sabor sea delicioso).
  • Se trataría de un juego de palabras propio de los angloparlantes: “piece of cheese” [=trozo de queso] parece sonar muy próximo a “chess piece” [=pieza o figura del ajedrez].

En pocas palabras, que seguíamos como antes, o aún peor, si cabe…


miércoles, 2 de mayo de 2012

DOCUMENTA QUE ALGO QUEDA: "ENRON, LOS TIPOS QUE ESTAFARON A AMÉRICA"


Fra Luca Pacioli (1445-1457) en una "antigua" moneda italiana de 500 liras



Unos días atrás el señor Pond y yo charlábamos, sendas tazas de café mediante, acerca de una común amistad. Trátase este amigo de un contable, empleando este sustantivo con la mayor de las consideraciones, quien, como muchos compañeros de profesión, había dado por concluido uno de los meses más ajetreados de su año (ejercicio) laboral, el cierre contable, con la ingestión de un malta sin hielo ni cartón ni agua. La presencia de semejante circunstancia, la del cierre que no la de trasegar un malta escocés, había provocado en él una transformación notoria, hecho que explicaba el que fuera objeto de nuestra conversación.

Nuestro amigo, discreto y amante de los silencios, como de costumbre no contaba mucho, más bien contaba nada (aunque cuando lo hace suele decir, en aquellas ocasiones en las que los informáticos ponen los ojos en blanco a la vista de la documentación contable: "qué se puede esperar de quienes consideran que el cero posee existencia real"). No obstante su cara al borde del descuadre sí que lo decía todo.

Recordábamos así cómo poseía una costumbre un tanto atávica, la de portarr siempre consigo, a modo de personal amuleto, una moneda de 500 liras con la efigie grabada de Fra Luca Paccioli, el redactor del primer tratado sobre la contabilidad (y "quien enseñó matemáticas a Leonardo Da Vinci", como gusta de recalcar nuestro; con lo cual de una tacada agregaba también al grupo de los que le miraban con una sonrisita de conmiseración a los "intermediarios entre Dios y los hombres", frase esta última pronunciada por un Ingeniero de Minas y a la sazón (?) profesor universitario, al menos cuando la pronunció).

Mientras más sonreíamos con el relato de sus costumbres el señor Pond se quedó callado. Solo fueron unos instantes, mas a mí, que tan bien le conozco (o al menos eso creo), no se me había escapado el reflejo de las aguas propias de un profundo estanque que de súbito sustituyó en sus pupilas a lo que hasta entonces había sido chispeante camaradería.

Quizás, al fin y al cabo, mi pretensión de conocerle bien no fuera una vana presunción.

Como escribe Stephen Hawking en los agradecimientos de "Historia del Tiempo", alguien le comentó que por cada ecuación que incluyera en en el texto las ventas se reducirían a la mitad. Supongo que el "temor" a la progresión geométrica le empujó a incluir solo una. Bien, cuando los ojos del señor Pond volvieron a adquirir su imagen habitual las dos palabras que pronunció me hicieron pensar en Hawking [*] y en la advertencia que le habían lanzado. Sin embargo, como ya los idus de marzo han pasado, y como me encuentro cómodamente sentado no ya en una escalinata, sino en un sillón, afrontaré las consecuencias y escribiré aquí las dos palabras que el máximo responsable del D.B.I. (Departamento de Búsquedas Infructuosas) pronunció, muy pero que muy lentamente: "contabilidad creativa".

Si alguien ha llegado hasta aquí, si ese alguien espera que la cuesta se ha terminado, si, repito, ese alguien mantiene la creencia de que al fin el sonido del mar llegará a sus oídos, mucho me temo que aún deberá aguardar un rato. Solo unos pocos pasos más.
Unos pocos.

En el libro "Contabilidad creativa", escrito a cuatro manos con John Blake, el profesor Oriol Amat incluye un texto que no dice mucho acerca de nuestro común amigo, y que, sin embargo, mucho me temo que sí proporciona munición a aquellos gremios a los que suele referirse con cierta ironía:


"Cuentan de un mercader que, deseando saber cuánto eran dos mas dos, preguntó a un contable para que le ayudara a conocer la respuesta. El contable se le acercó y, después de comprobar que nadie les oía, le murmuró al oído: `¿Usted cuánto quiere que sea?".


Sin embargo, y como sé que a él, dado su caracter bienhumorado e irónico, le gusta más el estilo del profesor José María Gay Saludas, les incluiré (empleo el plural por educación, llegados aquí quizás lo de no emplear el singular resulte innecesario) un enlace a uno de sus múltiples artículos dedicados a este tema.


En fin, ya concluida la procelosa y elíptica introducción demos paso al cuerpo principal de esta entrada.



Por cierto, aparece en un cameo Arnold Schwarzenagger haciendo de sí mismo.





"Enron, los tipos que estafaron a América" ("Enron the smartest guys in the room", Alex Gibney, 2005)



Advertencia: ningún informático ni ingeniero han sufrido maltratos físicos y/o mentales durante la redacción de esta entrada. Ítem más, tanto el señor Pond como uno mismo guardamos un gran aprecio hacia nuestro amigo; Sacha, nuestro barista, lejos de denegar opinión al respecto la refrenda y emite sobre él un informe sin salvedades.



[*]  Hemos incluido por dos veces su nombre por consejo de nuestra "community manager", sea cuál sea la oscura razón que la mueve a ello.


sábado, 13 de agosto de 2011

SÁBADO MUSICAL: AVA GARDNER "CANTA" EN "MAGNOLIA"



Cuando el señor Pond me preguntó si sabía quién era Annette Warren solo el silencio le respondió. A la vista de mi gesto, que había pasado en cuestión de décimas de segundo de la más absoluta impasibilidad a la impavidez no menos aparente, no se precisaba poseer mucha perspicacia para percatarse de que aquella buena señora resultaba ser una completa desconocida para mí.
El silencio que nos rodeó a ambos, sentados a una mesa ante sendos cafés, fue roto por el súbito carraspeo de Sacha. El bueno del barista (aunque en otros momentos, cosas de la confianza, le calificaba también como "ese ruso loco") se encontraba a mi vera, una presencia que había permanecido inadvertida tanto para mí como para mi interlocutor.


-Permítanme un momento, si no es indiscreción.


Y para mutua sorpresa, tanto del señor Pond como del que suscribe, depositó una fotografía sobre la mesa.


Annette Warren junto a su marido, el pianista Paul Smith


Me considero un buen fisonomista, y me precio de poseer una buena memoria visual, pero ni con esas. Añádase a esto que tampoco conocía a Paul Smith, por lo que, mientras me sumía aún más en mi muy indisimulada circunspección, me limité a escuchar el tema "Fly me to the moon" interpretado por el Paul Smith Trio, melodía que el bueno de Sacha (y van dos veces que le aplico el calificativo) había tenido a bien poner en el equipo estereofónico. Soy un aficionado al jazz, y me encanta Sinatra, así que qué quieren que les diga: también me gustaba el ritmo de aquella versión.


Sin embargo aún aguardaba conocer el motivo de la pregunta inicial de el señor Pond, la que había desencadenado el presente torrente de acontecimientos. No tardaría en surgir la respuesta...
Cual si de un tahur del Mississippi se tratara mi amigo extrajo de la manga no una Derringer, para tranquilidad de mi espíritu y de mi integridad física, aunque la primera se tambaleó durante unos instantes, sino una fotografía.


Ava Gardner


A esa mujer sí que la conocía; ya había escrito que poseo buena memoria para las imágenes. Cómo no reconocer a Ava Gardner, y cómo no hacerlo en su caracterización de Julie LaVerne en "Magnolia" ("Show Boat", George Sidney, 1951). Ahora debo aclarar que mi calma aparente se había transformado levemente, merced a la aparición de una sonrisa en mi cara.
Al fin el misterio estaba a punto de resolverse, o no.


-Sí, la ha reconocido. Se trata de la gran Ava. Ella tiene bastante que ver con Annette, más de lo que usted se imagina.


Mi sonrisa se heló.


-Bien -prosiguió-, Annette Warren fue la encargada de doblar las canciones de Ava Gardner en la película "Magnolia". Ni puede figurarse cuáles fueron el enfado y la contrariedad de la actriz al enterarse de la noticia. Después de todos los esfuerzos, ensayos y nervios. He ahí la razón de mi primera pregunta.


Caviloso y sorprendido uno se limitaba a mirar ora a una fotografía ora a la otra.


Bocas. Literalmente bocas.


A continuación les incluyo la canción "Bill", procedente de esa película. Primero en la versión "doblada" por Annette Warren y después con la voz de Ava. Juzguen ustedes mismos cuál les gusta más, si la voz de soprano de Annette o la "de tenor con whisky" de la Gardner (y que conste que esa descripción entrecomillada se la debemos a la propia actriz).




Annette Warren




Ava Gardner




viernes, 6 de marzo de 2009

VIVIR MARCHA ATRÁS

Entre mis muchas costumbres no se encuentra la de hablar acerca de una película que aún no he visto. Sin embargo nunca es tarde para saltarse alguna, de vez en cuando, claro.


"El Curioso Caso de Benjamin Button" ("The Curious Case of Benjamin Button", David Fincher, 2008)




El señor Pond (el jefe del D.B.I., Departamento de Búsquedas Infructuosas de este café-blog), de quien algún día les hablaré más extensamente, se presentó por sorpresa en el local hace unos días, sonriente, siempre está sonriendo, con un papelito aferrado entre los dedos. Sabedor de mi interés por visionar esta película se había puesto manos a la obra para lograr el cumplimiento de mi deseo.

Yo, que esperaba algo más común, algo como por ejemplo una entrada, me encontré con la dirección de una página web garabateada al desgaire. Como la experiencia me ha enseñado a no confiar demasiado en las primeras apariencias no tardé en teclear aquella dirección en la barra de mi navegador. Lo que entonces se cargó en mi ordenador fue una web, Las Historias, desarrollada por Alberto Chimal, una web de temática literaria. Y entre los muchos contenidos, bien a la vista, un apartado dedicado a mostrar periódicamente un relato...

Tras días y días dedicado a la labor infructuosa de buscar el relato de Scott Fitzgerald en el que se basaba la película por fin disponía de la oportunidad de leerlo.

Si es que el señor Pond no deja de ser un auténtico pozo de sorpresas.

Aparte de navegar por los interesantísimos contenidos les sugiero que sigan este enlace, se arrellanen en su sillón preferido y paseen los ojos por las líneas electrónicas. No será lo mismo que sentir entre las manos el tacto del lomo de un libro mas a qué negar que la oportunidad merece la pena.
Son descubrimientos así los que te alegran la jornada.

sábado, 11 de diciembre de 2010

SÁBADO MUSICAL POR PARTIDA DOBLE: "THE HALLELUJAH TRAIL"




Como finalmente he decidido subirle el sueldo al señor Pond, me lo ha agradecido cantando. Se trata del tema de Elmer Bernstein para la película "La batalla de las colinas del whisky" ("The Hallelujah Trail", John Sturges, 1965).






¿Qué ocurriría si mezcláramos en un recipiente los siguientes ingredientes: un regimiento de caballería destacado en un fuerte avanzado, una caravana de irlandeses encabezados por un líder sindicalista, una columna de mineros sedientos de alcohol que siguen los vaticinios pronunciados por un hombre llamado Oráculo Jones (inconmensurable Donald Pleasance) que cuando bebe abre su mente para así gozar de todo tipo de visiones acerca del futuro próximo, una comitiva de mujeres que militan como seguidoras de la más estricta templanza etílica y una cuadrilla de indios alocados dispuestos a todo para conseguir un cargamento de “agua de fuego”? La respuesta nos la proporciona John Sturges en este hilarante western con aires de comedia.





Oráculo Jones en plena revelación (una cara muy parecida a la de el señor Pond en plena celebración)


PELÍCULA: "La Batalla de las Colinas del Whisky" ("The Hallelujah Trail", John Sturges, 1965). Interpretada por Burt Lancaster, Lee Remick, Jim Hutton, Pamela Tiffin, Brian Keith, Martin Landau, Donald Pleasence, Tom Stern, John Anderson.






El tema principal




miércoles, 8 de febrero de 2012

A LA SALUD DE EL SEÑOR POND, NUEVAMENTE



El año pasado, en esta misma fecha, acudimos a la fiesta que celebraba en su apartamiento Holy Golightly. En aquella ocasión nuestro deseo de festejos fue rápidamente satisfecho, puesto que bastó con hacer sonar el timbre para ser aceptados de inmediato, sin ulteriores preguntas.


Un año después, más viejos, con las mismas ganas de festejos y más... ¿diablillos?... hemos optado por dar un paso más. Así se explica el que no encontráramos una oportunidad mejor que acudir a la recepción del Gobernador.


Claro que, a falta de las oportunas invitaciones debimos urdir una estratagema, recurriendo a la suplantación de unas identidades que nos abrieran las puertas de un salón conocido y reconocido como poseedor de un selecto ambiente.


Si es que cuando se trata de "organizarnos" celebraciones cualquier método que conduzca al fin deseado resulta admisible.




"El temible burlón" ("The crimson pirate", Robert Siodmak, 1952)



Porque a la hora de agasajar al señor Pond cualquier desembolso que nos ahorremos siempre resulta bienvenido, irónicamente hablando, por supuesto.




lunes, 29 de marzo de 2010

MOTIVEMOS AL SEÑOR POND

A la vista de que el señor Pond y su D.B.I. han reducido su actividad como buscadores de contenidos para este blog, me he visto en la necesidad de motivarles. Al no ser suficiente el "Nessum Dorma" de Puccini decidí incluir el siguiente vídeo durante nuestra última convivencia en la trastienda del cafetín cinéfilo (no están los tiempos como para irnos hasta una casa rural).



"Lío en los grandes almacenes" ("Who´s minding the store", Frank Tashlin, 1963)



Sinceramente, espero que funcione...

jueves, 3 de marzo de 2011

UN DETALLE DEL SEÑOR POND




Cuando el señor Pond me vio un poco triste me entregó uno de sus sobres misteriosos, uno de esos sobres verjurados color hueso que contienen, las más de las veces, enlaces a páginas muy interesantes. En esta ocasión hizo honor a su buena fama.
Júzguenlo ustedes mismos.





Me atrevo a asegurar que funciona.



domingo, 29 de enero de 2012

A LA CARRERA...



En este cafetín cinéfilo, desde Sacha hasta uno mismo, pasando por el señor Pond, disfrutamos como enanos con "La carrera del siglo" ("The great race", Blake Edwards, 1965). Cómo olvidar, por ejemplo, la memorable pelea en el saloon y ese "dejadme sitio para luchar" que no habremos empleado en pocas ocasiones para abrirnos camino en los locales de copas (digooo, en las cafeterías).




Así que cuando el señor Pond nos hizo entrega de este reportaje, dividido en dos partes, en el que se nos muestra la tramoya, no dudamos en incluirlo aquí. Para suerte de quienes no dominamos el inglés se encuentra subtitulado. Por fortuna.





lunes, 23 de marzo de 2009

LUCHAR CONTRA LA REALIDAD





"Bien, he luchado contra la realidad durante 35 años, doctor, y soy feliz de darme cuenta de que finalmente la he ganado para mi causa".

Elwood P. Wood



Otra de mis costumbres, aparte de las ya citadas en anteriores posts, es la de acudir al empleo de las servilletas de los bares para efectuar anotaciones. Como por el momento quienes regentan tales establecimientos no han dado muestras de contrariedad por el consumo que les hago sigo manteniéndola.

Dentro de mi método de archivo las anotaciones pasan por dos fases consecutivas. Una primera en la que permanecen guardadas en alguno de los bolsillos o, si gozan de mayor suerte, reposando en el interior de la cartera. Sólo si no las empleo rápidamente pueden correr el riesgo cierto de pasar a mejor vida dando vueltas dentro del tambor de la lavadora; de lo contrario acabarán en alguno de mis múltiples cuadernos.
Al procedimiento indicado hay que agregar el collage que conforman las notas post-it virtuales en el escritorio de mi ordenador (hace tiempo que no empleo las otras porque a la vista del monitor uno podía pensar que en cualquier momento iba a levantar el vuelo).
El caso es que hace un par de días, mientras rebuscaba en mi cartera, mis dedos tropezaron con una tarjeta de visita. Ya hacía tanto tiempo desde que había llegado a mi poder que prácticamente la había olvidado. En una sencilla letra de imprenta podía leerse un nombre, Elwood P. Wood, una dirección y dos números de teléfono, aunque sólo el segundo era el bueno puesto que el otro era el antiguo y, como consecuencia, si me diera por marcarlo nadie contestaría al otro lado. O al menos eso fue lo que me aseguró el individuo largirucho que me lo tendió cuando le abordé en plena calle para pedirle lumbre.






Acerca de ese hombre sólo recuerdo su sonrisa, su sonrisa y un detalle que atrajo mi atención: portaba un abrigo colgado del brazo, a pesar de que el sol lucía con calidez, y además llevaba dos sombreros. Naturalmente se entiende que sólo iba tocado con uno de ellos, puesto que el otro lo llevaba en la mano.
Al no disponer ni de encendedor ni de cerillas no pudo dar satisfacción a mi petición por lo que me despedí de él mediante un amable saludo, no sin volverme para observarle mejor cuando ya me había alejado un par de pasos.




La sensación de paz, y hasta concordia, que me envolvió tras el fortuito encuentro descrito me duró durante al menos el resto de la jornada. Un hombre, éste, bastante peculiar.
Muy peculiar.
Tras participarle la anécdota al señor Pond, éste, hombre que acostumbra a abismarse en sí mismo antes de proporcionar una respuesta, me miró con ojos brillantes mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. No acostumbra a reaccionar tan rápido por lo que deduje que algo sabía acerca del tema, por lo que aguardé a que me diera alguna explicación.

¿Sabes lo que es un pooka?”, me preguntó por fin. Como fuera que mi rostro le hizo comprender que a mí ni tan siquiera me sonaba tal palabra volvió a sonreír antes de continuar. "Es un duende de la mitología irlandesa. Según unos de carácter maligno, según otros simplemente un bromista. Suele aparecerse a la gente bajo una forma animal, caballo o conejo, por ejemplo, y, a veces, a los borrachines, como ese hombre con el que te cruzaste. Si no me equivoco aunque no pudiste verlo (para ello hay que creer en su existencia) a su vera se movía un conejo de unos dos metros de altura. Creo recordar que su nombre es Harvey".

La doble sorpresa que me provocó esta revelación, en parte porque el señor Pond conociera a aquel extraño y en parte porque ni por lo más remoto me esperaba algo semejante, no fue nada comparable al contenido de una nota que me pasó, después de garrapatear un texto en ella. "Toma, entra aquí y verás lo afortunado que has sido, sin siquiera imaginarlo".

Qué quieren que les diga. Desde entonces a veces siento la tentación de llamar al segundo número escrito en la tarjeta. Nunca al primero, puesto que éste, y eso me quedó muy claro, es el de su antiguo domicilio.





"El Invisible Harvey" ("Harvey", Henry Koster, 1950)



NOTA ADICIONAL: en la web El Poder de la Palabra podrán encontrar más información acerca de la filmografía de Henry Koster.

lunes, 1 de agosto de 2011

NOS VEMOS EN SEPTIEMBRE...





Una vez que hemos llegado a este primer día del mes de agosto es mi deseo comunicarles que la plantilla de "El Loro Azul" se va a tomar unas vacaciones de un mes (día arriba, día abajo). En todo caso el Departamento de Búsquedas Infructuosas (D.B.I.) se ha comprometido a dejar programada la publicación de algunos artículos que irán viendo la luz durante este periodo.


Dada la liberalidad aplicada a la hora de servir los cafés mucho me temo que el que esto escribe deberá conformarse con escuchar las narraciones que le pasarán, tanto Sacha como el señor Pond, acerca de sus días de asueto fuera de nuestras latitudes. Según parece el primero, nuestro barista predilecto, piensa tomar un vuelo con rumbo desconocido, al que espera llegar siempre que "los rusos no derriben el aparato" (sic). Por su parte, el señor Pond, llevado por su carácter más calmo, se dispone a dejar transcurrir sus días de descanso a orillas de un río próximo a Strelsau, ocupado en la pesca de la trucha. Espero que su decisión de dejarse bigote no acabe por jugarle una mala pasada.


Sin otro particular reciban un cordial saludo cinéfilo, a repartir entre todos de manera justa y equitativa, cual ciudadanos benéficos.


Nos vemos de nuevo en septiembre.




domingo, 19 de abril de 2009

HALLANDO JOYITAS POR EL CAMINO


El Departamento de Búsquedas Infructuosas (D.B.I.) de El Loro Azul, con el señor Pond a la cabeza, han vuelto a procurarme una de esas sorpresas que tan gratas me resultan. Una nueva prueba de la exactitud de la cita de Tennessee Williams: “Arrancar algo de eternidad a lo desesperadamente efímero constituye el mágico truco de la humana existencia”. En esta ocasión, y de acuerdo a su lema, oficioso, “debimos girar a la izquierda en Alburquerque”, durante sus deambulares por la red de redes de redes de redes de redes de redes (metafóricamente escribiendo, al estilo de Gertrude Stein) han descubierto una joya mediante la cual han logrado trasladarme a un tiempo situado unos cuantos años atrás.







¿La han reconocido? Esa voz, esa presencia,… Sí, es (o más bien era) Inma de Santis, la mujer a la que muchos conocimos porque se ocupaba de presentarnos la programación que podríamos visionar durante el fin de semana, incluidas las películas (¡y qué películas!).


Mas Inma de Santis era mucho más que eso, mucho más. Para conocerla mucho mejor el señor Pond me ha proporcionado la dirección de un blog, un blog dedicado única y exclusivamente a ella. Una verdadera joya a partir de cuya lectura (yo, bastante emocionado, se lo confieso, aún he leído solamente algunos de los artículos) se percibe el mimo que lo impregna y el, a qué negarlo, cariño puesto por su autor en la redacción.


Sin más les invito a conocerlo, tanto el propio blog, Inma de Santis, como el canal de Youtube de su autor, Octopusmagnificens.

Sin otro particular les dejo en la compañía de Inma de Santis.

domingo, 6 de diciembre de 2009

¡¡¡ARRIBA CON LA PERSIANA!!!


El primer cliente tras la reapertura saboreando una taza de café

Algunos de los asistentes al improvisado festejo celebrado con motivo de la reapertura de El Loro Azul

Recreación del momento en el que el señor Templeton y un amigo (funcionario del Ministerio de la Verdad) preguntan sobre mi paradero a Sacha. Lógicamente el bueno del barista se hizo el sueco.


El emotivo último adiós a HAL, la lista musical



Mr. Pond (?) exponiendo su opinión acerca de los tiempos actuales: "escogí un mal momento para colaborar en un blog"

Es decir, ¡¡arriba con la persiana!!

"Érase una vez en América" ("Once upon a time in America", Sergio Leone, 1984)


Nota final. "Ridentem dicere verum, quid vetat?", Mr. Pond citando a Horacio.

sábado, 31 de diciembre de 2011

¿EL NUEVO AÑO? ADELANTE. QUE PASE, QUE PASE


"Con faldas y a lo loco" ("Some like it hot", Billy Wilder, 1959)

Escribo esta entrada en riguroso diferido, unas horas antes de que dé comienzo el nuevo año. Más que nada porque preveo que a la hora en que se publique tanto Sacha, como el señor Pond y uno mismo nos encontraremos sumamente atareados. No es cuestión baladí el elaborar una cena especial como la de hoy. Máxime cuando los servicios de urgencias hospitalarias estarán demasiado ocupados, cuando no colapsados, como para tratar a víctimas de intoxicaciones alimentarias. Y no es que no confíe en el buen hacer de los dos anteriores, más bien temo mi atracción por la "creatividad culinaria" (si es que se me permite el eufemismo entrecomillado).

En poco más de un par de horas se producirá el tránsito al nuevo año, por lo que cuantos contribuimos a mantener alzada la persiana de este rincón, un cafetín en el que nos ocupamos de servir cafelitos (cinéfilos) a la concurrencia, hemos decidido en asamblea telefónica redactar unos comentarios que esperamos les ayuden a acometer esta empresa con las mayores garantías.
¡Ojo! No se trata de consejos, ya sabemos lo que decía Oscar Wilde acerca de los consejos (el incluir a Wilde es una forma como otra cualquiera de "acelerar" las búsquedas en Google ;-) ).
Sin más comencemos...

No es momento para pensar en el sinsentido que nos rodea. Al fin y al cabo basta con recordar que tras cientos de miles de años evolución uno de los mayores logros lo constituye el esperar a que desaparezca el reloj de arena de la pantalla del ordenador.




"Hannah y sus hermanas" ("Hannah and her sisters", Woody Allen, 1986)



Esos pequeños placeres, como son un cafelito y un cigarrillo. Sin olvidarse de algún expectorante y, por supuesto, una caja con antitérmicos para combatir los síntomas gripales a consecuencia de disfrutar de ambos en la gelidez de la puerta del local.




Esas fiestas...




"Desmadre a la americana" ("Animal House", John Landis, 1978)

... Mas recuerden beber con moderación.


Si se deciden por ir a un buen restaurante no estará de más aprender algunas palabras en el idioma del "maître": árabe, alemán, polaco, francés, hindi,... Un barniz multicultural no les sentará mal; en todo caso recuerden llevar unos guantes de plástico si padecen de alergia al detergente industrial. Por si acaso.

"Cita a ciegas" ("Blind date", Blake Edwards, 1987)

Si optan por una cena familiar... Bueno, siempre puede introducirse algún tema de conversación que no desagrade a ninguno de los comensales, o esperar, según sus creencias, en la aparición de un hecho extraordinario antes de los postres (lo de los cadáveres déjenlo para otros eventos y épocas).


"Bitelchus" ("Beetlejuice", Tim Burton, 1988)

A la vista de todo lo anterior quizás opten por huir... Aunque la búsqueda de cierta soledad solo es bella en determinados casos muy concretos.

"Centauros del desierto" ("The searchers", John Ford, 1956)

Y encontrarán que las llegadas y los reencuentros poseen un aroma mucho más agradable.

Si les sirve de consuelo aún les queda una oportunidad para hacerse ricos (con el sorteo de la lotería de el Día del Niño).


O de hacerse un poquito más pobres con la compra de los regalos de Reyes... Por supuesto resulta muy recomendable no esperar al último momento...

Y ánimo, que en cuanto llegue el día 6 de enero todo habrá terminado... de una u otra forma.



"El día de la bestia" (Alex de la Iglesia, 1995)


El señor Pond, el Departamento de Búsquedas Infructuosas, nuestro barista particular, ese loco ruso de Sacha, el señor Templeton, nuestro crítico más cítrico, y quien escribe, G. K. Dexter, les desean lo mejor para el nuevo año a punto de estrenar.



"New York, New York" (Martin Scorsese, 1977)
Dedicado especialmente, con cariño, a P*** A***, quien destapó el tarro de las esencias con sus fotos de la ciudad que nunca duerme

"Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina".

Gilbert Keith Chesterton