Un espacio destinado a charlar acerca del cine, saboreando una taza de café (puede que más), sentados en torno a una mesa. Por el simple gusto de hablar por hablar acerca de una pasión compartida por una reducida infinidad, así nomás como son estas cosas.

Bienvenidos a mi hogar. Entren libremente. Pasen sin temor. ¡Y dejen en él un poco de la felicidad que traen consigo!
Mostrando las entradas para la consulta Templeton ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
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sábado, 11 de abril de 2009

COSMOS



Los árabes utilizan una expresión para referirse a la Vía Láctea, la llaman "dareb altabbane", que podría traducirse como "el camino que deja la paja", en referencia al reguero dorado que deja tras de sí el carro colmado de espigas cuando avanza desde la tierra de labor con el granero como destino.




A principios de los años ochenta del pasado siglo el científico Carl Sagan nos visitó en nuestros hogares a través de la televisión, mediante una serie divulgativa que llevaba el título de "Cosmos, un viaje personal". Porque de eso se trataba, de un viaje en el que nosotros acompañábamos al astrónomo en un viaje que se iniciaba en los confines del universo para concluir en nuestro pequeño puntito azul. Basta recordar el arranque del primer episodio: "En la orilla del océano cósmico".




Mas lo que quiero destacar ahora es la última parte de ese primer episodio, cuando efectúa una "visita virtual" a la legendaria Biblioteca de Alejandría y nos habla de los papiros allí albergados. Si tuviera que escoger entre ambos momentos, el arranque en forma de viaje espacial o este último, el viaje temporal a un recinto que nadie volvar a hollar jamás me supondría un gran esfuerzo decantarme por alguno de ellos.



Primera parte



Segunda parte



¡Riiiiing! (Suena el teléfono de baquelita negra, situado en un extremo de la barra).
Descuelga el auricular Sacha. Habla algo y lo acerca a mi mesa.


-Es para usted…
-Sí. G. K. al aparato, ¿dígame?
-Buenos días.
-Buenos días.
-Verá usted. Soy un seguidor de su blog…
-Por muchos años.
-… ¡Ah, sí! Pues lo cierto es que llamo para emitir una queja y…
-Y su nombre es, señor…
-Templeton, E. Templeton. Bueno, ese es mi nick.
-Comprendo, señor Templeton. Su "nick". Y su queja se refiere a…
-Estooo…, su artículo, ¿sabe? En él no incluye ninguna referencia cinematográfica.
-Comprendo.
-Sí, la serie de TV de la que habla estaba muy bien, yo incluso conservo tengo la colección de vídeos en VHS. ¿Sabe? Pero era un documental…
-Comprendo.
-Me gustaría que subsanara esta deficiencia. Soy seguidor de su blog, ¿sabe?
-Sí, ya lo ha mencionado antes. Bueno, haré lo posible para enmendar ese ..., ¡ejem!, error.
-Gracias. Se lo agradecería mucho. Por cierto, me gusta mucho su blog.
-Gracias a usted por su llamada. Me pongo a ello en cuanto cuelgue.
-Bien. Pues, buenos días.
-Buenos días.

Piiiiiiii. Clac.



Teaser del tráiler de "Ágora" (Alejandro Amenábar, 2009)

jueves, 6 de enero de 2011

HITCHCOCK Y EL DÍA DE REYES




Ya sabemos que los Reyes no existen, al menos los Reyes Magos de Oriente. Sin embargo en El Loro Azul, sobre una de las mesas que se encuentran a la entrada del establecimiento, reposa la prueba de que quizás, y a pesar de todo, sí que haya algo ahí fuera. Tal prueba no es más que el regalo que me han traído esta mañana: la caja con los DVDs de la primera temporada de "Alfred Hitchcock presenta".





Por el momento ya he tenido tiempo de removerme incómodamente en el sillón a la vista de las tribulaciones de Joseph Cotten en "Angustia" ("Breakdown", Alfred Hitchcock, 1955). Ya sólo me resta tomar aire para enfrentarme al resto de los episodios...







Qué de recuerdos me trae esta música, de cuando emitían esta serie por la televisión...









-¿Si? G. K. Dexter al habla, dígame.
-Buenos días, soy el señor Templeton.
-Muy buenos días, señor Templeton. Cuánto tiempo sin tener noticias suyas...
-Ya, ya. Estuve muy ocupado.
-...Por cierto. Feliz Navidad y Año Nuevo...
-¡Ah, sí...! Gracias... Esto... Me encuentro nuevamente sumamente indignado.
-Comprendo...
-No han incluido ninguna escena en su entrada en el que se respire el ambiente propio de este día.
-Comprendo...
-Como bien entenderá se echa de menos algo más indicado que la charla sobre su regalo de Reyes.
-Comprendo...
-Espero que solventen esta carencia a la mayor brevedad posible...
-Comprendo...
-Muchas gracias, y que tenga un buen día...
-Comprendo... Estoooo... Gracias, igualmente.






"La vida de Brian" ("Monty Python's The Life of Brian", Terry Jones, 1979)




sábado, 23 de mayo de 2009

EL SEÑOR TEMPLETON DA SEÑALES DE VIDA, POR FIN

Después de varios días en los que nada sabíamos del señor Templeton, nuestro crítico-cítrico, éste ha vuelto a comunicarse con nosotros, y no precisamente recurriendo a memos.





La verdad es que tanto Sacha, el señor Pond como incluso quien esto escribe le echábamos de menos. Por eso hemos acordado, al término de una reunión alrededor de sendos cafés, dar justo cumplimiento a la reclamación así formulada, en la seguridad de que se trata de la mejor manera de que el espíritu contrariado de nuestro seguidor alcance la paz que se le ha arrebatado...



... o no.

lunes, 27 de abril de 2009

LLÁMEME AL 555...





Entre los muchos gags que jalonan la obra teatral, y la posterior película, titulada "Play it Again, Sam" ("Sueños de un Seductor") uno de mis preferidos es el orquestado alrededor de la figura de Dick, el amigo del protagonista, un neurótico cuya obsesión más destacada consiste en permanecer continuamente conectado vía telefónica a su oficina. En un tiempo en el que no existían los teléfonos móviles resulta muy hilarante su costumbre de ir detallando sus pasos futuros por medio de la prolija enumeración de aquellos teléfonos en los que se le podrá localizar.

Inconvenientes inherentes a la labor de los ejecutivos cargados de obligaciones...


"Estaré en el 362-9296 un rato; después estaré en el 648-0024 durante quince minutos; después estaré en el 752-0420; y después estaré en casa, en el 621-4598. De acuerdo, George, adiós".




"Sueños de un Seductor" ("Play it Again, Sam", Herbert Ross, 1972)


Lo que ya resulta más que curioso es que Woody Allen, autor del texto teatral, no respetara la conocida convención según la cual los números ficticios que aparecen en las series televisivas, así como en las películas, deben comenzar siempre por los mismos dígitos: 555. Tras una búsqueda por la red de redes me he podido enterar que tan curiosa costumbre data de los años cuarenta, aunque sería durante la década de los setenta cuando las compañías telefónicas la oficializaran en cierta medida.
Y ahora viene lo mejor. Al parecer alguien que disponía de muchísimo tiempo libre se ocupó de recopilar con una paciencia digna de un Job, y numerito a numerito, aquellos que en algún momento aparecieron tanto en uno como en otro medio. A pesar de que esta información ya hace mucho que circula por ahí fuera no me he podido resistir a incluirla aquí.

Y pensar que existen neoyorkinos, habitantes de la "Gran Manzana", capaces de pegarse por conseguir el prefijo por antonomasia de Manhattan..., el harto famoso 212, para el que desde hace ya un tiempo no existen líneas disponibles.


Por cierto, se me olvidaba, como el señor Templeton sabe muy bien, el número de teléfono de "El Loro Azul" es el 555-1285.


domingo, 31 de marzo de 2013

UNO, DOS, TRES, CUATRO... Y CINCO AÑITOS


Parece que hubiera sido ayer... y, sin embargo, ya han pasado cinco años desde aquel entonces.

De parte de Sacha (nuestro barista), del señor Pond (y el D.B.I.), del señor Templeton (ausente, como de costumbre, que no rebelde) y de quien esto escribe: un saludo cinéfilo a todas y todos.


"Ya, ya. Pero aún sigue la persina bajada".


domingo, 26 de abril de 2009

SÁBADO (DOMINGO) MUSICAL: GUSTAV HOLST



"De aquí saldremos a hombros o sobre hombros".

Frasecita que probablemente cualquier contable suscribiría enfrentado a la casuística de los cierres contables, pero que se cuidaría muy mucho de pronunciar en voz alta.





"Los Planetas", opus 32, "Marte", de Gustav Holst


¡Riiiiiiiiiiiiiing!
-No te molestes, Sacha, seguro que será nuestro estimado amigo, el señor Templeton.

sábado, 9 de mayo de 2009

SÁBADO MUSICAL: LEE MORGAN




"In a number of respects, Lee Morgan could be considered a quintessential -or even the quintessential- hard bopper."

David H. Rosenthal.



No he podido resistirme a la tentación de incluir esta entrada a modo de sentido homenaje para uno de mis músicos de jazz favoritos: Lee Morgan.

Nacido en Philadelphia un 10 de julio, corría el año 1938, encontraría la muerte al cabo de algo más de tres décadas, el 19 de febrero de 1972, sobre el escenario de un club de Nueva York. Tal final no alcanzó en ningún momento tintes poéticos pues la causa directa de su fallecimiento fue una bala del calibre treinta y dos que le atravesó el corazón en plena actuación. Quien así dio término a su existencia, mediante una forma no poco visceral, no fue ningún asistente descontento sino una amante despechada, logrando por medio de un método tan contundente que un halo de sordidez recubriera los instantes finales de este grandioso artista. C´est la vie (la azul, no la rosa), valga la frase hecha o lugar común. Porque no hay que olvidar que a pesar de que según las palabras del malogrado Oscar Wilde, “el arte imita a la vida”, aquí cabría más bien decir lo contrario, y esto a pesar de que no habrá nadie que encuentre muchos paralelismos entre esta forma de morir y la ideada por Charles Chaplin para el payaso Calvero en "Candilejas" ("Limelight", 1952).

Mientras tanto, rodeado por los sones de Lee Morgan, procedentes del equipo de alta fidelidad, aquí, en mi despacho situado en "El Loro Azul", elevo mi taza de desayuno, colmada de café con leche, a modo de justo homenaje. La hora me ha impedido ejecutar mi gesto con un “dry martini”: mi organismo no se encuentra capacitado para saborear aceitunas a una hora tan temprana.

Va por ti, Lee, sea donde sea el lugar en el que te encuentres, ejercitando una vez más tu arte para un cautivado auditorio.

Salud y "copas de yate".



Lee Morgan - "The Gigolo"

Lee Morgan - "The Sidewinder"








... Parece que el señor Templeton es también un admirador de Lee Morgan.


sábado, 31 de marzo de 2012

Y, DE REPENTE,... CUATRO AÑITOS





Estimados clientes, apreciada concurrencia, amigos y colaboradores, contingentes y/o necesarios.

En un día como hoy, mas hace ya cuatro años, alzamos por primera vez la persiana de un local cuya única pretensión pasaba por procurar un lugar de encuentro a aquellos bebedores de café aficionados a la charla con el cine como centro. Después del tiempo transcurrido, siendo varios centenares de tazas las que habremos servido, cuantos colaboramos para que nuestro sueño se materializara queremos agradecerles a todas y a todos su presencia testimonial, continuada o puntual.

A ninguno de nosotros se nos da muy bien el pronunciar discursos. Le vamos a hacer, nadie es perfecto. Nuestro barista, ese ruso loco de Sacha, se encuentra más cómodo enfrentado a los caprichos de la cafetera, en algunas ocasiones más dispuesta a mostrar sus estados de humor a través de nubes de vapor y quejidos metálicos que a cumplir con su función como dispensadora de ese otro oro negro.

El misterioso señor Pond, amante casi a partes iguales del café con leche y del "dry martini", aunque aún no me queda claro cuál de ambas aficiones posee una mayor ponderación en su personal altar, disfruta mucho más inmerso en sus archivos a la busca y captura de esa imagen, ese dato o esa escena sepultados bajo cientos de folios mecanografiados con sabor a celuloide. E, incluso, si me apuran, ocupando su ocio dedicado a la pesca en ríos centroeuropeos.

Respecto al señor Templeton, nuestro crítico más cítrico, pura pose y apariencia (se lo aseguro), hace ya un tiempo que ya no se le ve por estos lares, lo que impidió que mi deseo de "cargarle el marrón" de dirigirse a ustedes en un día tan especial como el de hoy haya resultado del todo punto imposible e impracticable, para mi desgracia, afirmo.

Finalmente, y por un puro proceso de descarte, modalidad "tú la llevas", tal y como ha quedado patente en el párrafo anterior, la labor de hablar ha acabado por recaer en un servidor. Así que permítanme que acogiéndome a mi condición de fundador, y apelando a su comprensión, me limite a seguir la consigna marcada en la ceremonia de entrega de los Oscar, reduciendo mi discurso a su mínima expresión:

"Gracias, muchas gracias por entrar en nuestro hogar"


G.K. Dexter.






Siempre resulta dificultoso el elegir la indumentaria más adecuada
para esta clase de eventos




Los clientes más madrugadores ya se han dejado caer por nuestro establecimiento




Aún faltan ustedes...

"Bienvenidos a mi hogar. Entren libremente. Pasen sin temor. ¡Y dejen en él un poco de la felicidad que traen consigo!" [1]


Javier Villarías en "Drácula" ("Drácula", George Melford, 1931)






Y recuerden que en "El Loro Azul" solo la máquina de café recibe más atenciones que nuestra clientela...




¡¡¡Que dé comienzo la fiesta!!!






[1] En un primer momento íbamos a poner en lo alto de la puerta esta otra frase: "¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!". Sin embargo fue desechada ante el temor de que fuera tomada al pie de la letra y resultara prácticamente imposible echar a los rezagados a la hora de cerrar.



jueves, 24 de diciembre de 2009

¡FELIZ NAVIDAD...!





Es el deseo de Sacha, el señor Pond y yo mismo para los clientes de este cafetín cinéfilo.

Bueno, sin olvidarse del señor Templeton, nuestro seguidor más crítico...


Va por vosotros...



Hasta el mismísimo Joseph Cotten se nos une al brindis con una copa de (¡ejem!) café.




sábado, 22 de octubre de 2011

SÁBADO MUSICAL: DURUTTI COLUMN



De sábado musical en sábado musical y pongo un poco de música porque me toca...






"Jacqueline", Durutti Column




Nota: el señor Templeton, nuestro personal crítico más cítrico ha hecho llegar una nota al buzón de sugerencias de "El Loro Azul". En ella muestra su descontento por la ausencia de entradas cinematográficas en este blog. Acerca de cómo ha dado con el buzón, cuya existencia había permanecido oculta para cuantos hacemos posible que la persiana de este local se alce día tras día, no puedo proporcionar mayor información. En cuanto a la nota en sí esperamos que una vez que nuestras obligaciones laborales secundarias (es un decir) nos lo permitan volveremos a incluir entradas, digámoslo así, más cinéfilas.

sábado, 14 de agosto de 2010

ESCALERAS, ESCALERAS, ESCALERAS (2 DE 2)



"Cariño, tenemos escaleras...".
Walter (Tom Hanks) a Anna (Shelley Long) en "Esta casa es una ruina" ("The money pit", Richard Benjamin, 1987).


Antes de proseguir con la segunda parte del especial dedicado a las escaleras en el cine permítanme que ponga un poco de música a modo de acompañamiento para las imágenes.









Las imágenes anteriores corresponden a las siguientes películas:
  • "Cautivos del mal" ("The bad and the beautiful", Vincente Minnelli, 1952). Jonathan Shields (Kirk Douglas) y Walter Pidgeon (Harry Pebbel).
  • "My fair lady" (George Cukor, 1964). La llegada de la antes conocida como Eliza Doolittle (Audrey Hepburn) acompañada por el Profesor Higgins (Rex Harrison) al baile de la embajada; la prueba final para constatar el éxito de su experimento.
  • "Forajidos" ("The killers", Robert Siodmak, 1946). La mansión de los Colfax.
  • "Lo que el viento se llevó" ("Gone with the wind", Victor Fleming, 1939). Scarlett (Vivien Leigh) sentada en los escalones de su mansión de Atlanta.
  • "Encadenados" ("Notorius", Alfred Hitchcock, 1946). Aunque mi escena preferida sea la de la fiesta, cuando la cámara se zambulle en el hall para pasar de un plano general a un primerísimo primer plano de la mano de Mrs. Huberman-Sebastian (Ingrid Bergman), la mano en la que oculta la llave de la bodega (en el vídeo enlazado esta escena figura en el minuto 4).
  • "Testigo de cargo" ("Witness for the prosecution", Billy Wilder, 1957). Sir Wilfrid (Charles Laughton) sentado en la silla por la que asciende y desciende la escalera de su casa por consejo facultativo.
  • "El cuarto mandamiento" ("The magnificent Ambersons", Orson Welles, 1942). La segunda película de Welles, terriblemente mutilada por la productora.
  • "Julio César" ("Julius Caesar", Joseph Leo Mankiewicz, 1953). Marco Antonio (Marlon Brando) y Bruto (James Mason) en las escaleras del capitolio.
  • "Un trabajo en Italia" ("The italian job", Peter Collinson, 1969). Mr. Bridger (Noël Coward) es aclamado por los internos de la prisión tras el éxito del golpe.
  • "Muerte entre las flores" ("Miller´s Crossing", Joel Coen, 1990). Leo (Albert Finney) le propina una soberana paliza a Tom Reagan (Gabriel Byrne). Una bellísima película.
  • "El crepúsculo de los Dioses" ("Sunset Boulevard", Billy Wilder, 1950). La última escena en la que Norma Desmond actúa para el señor De Mille descendiendo "la escalera del palacio".



Y fundido a negro...



A continuación las películas sugeridas por los clientes que arriban a este cafetín cinéfilo.


Las imágenes pertenecen a:

  • "El beso de la muerte" ("Kiss of death", Henry Hathaway, 1947). El señor Udo (Richard Widmark) a punto de "desescalonar" (!) a una inválida. Escena (y fotografía) sugerida por Mr. Lombreeze.
  • "La escalera de caracol" ("The spiral staircase", Robert Siodmak, 1945). Película sugerida por Ethan.
  • "Al final de la escalera" ("The changeling", Peter Medak, 1980). Película sugerida por Blas.
  • "Psicosis" ("Psycho", Alfred Hitchcock, 1960). Película sugerida por Elphaba.



NOTA ADICIONAL:
Muchas se quedarán en el tintero:
  • La escalera de Manderley por la que desciende la señora de Winter (Joan Fontaine) vistiendo el vestido confeccionado a partir del cuadro de Rebecca, visión que tanto alterará a Maxim de Winter (Laurence Olivier). "Rebeca" ("Rebecca", Alfred Hitchcock, 1940). Sugerencia del señor Pond, el responsable de el D.B.I. (Departamento de Búsquedas Infructuosas).
  • La escalera de Georgetown en "El exorcista" ("The exorcist", William Friedkin, 1973). Sugerencia de Sacha, nuestro barista particular.
  • La escalera por la que descienden las almas en pena en "Poltergeist" (Tobe Hooper, 1982). Sugerencia de Mr. Templeton, nuestro crítico más cítrico (y viceversa).
  • Tío Willie (Roland Young) desciende la escalera de su mansión aquejado de una fuerte jaqueca por culpa del champán trasegado en la fiesta organizada la noche anterior a la boda de su sobrina; en la película "Historias de Filadelfia" ("The Philadelphia Story", George Cukor, 1940). Sugerencia de G. K. Dexter, quien escribe.


¿Alguna otra sugerencia? Espero las suyas...

domingo, 6 de diciembre de 2009

¡¡¡ARRIBA CON LA PERSIANA!!!


El primer cliente tras la reapertura saboreando una taza de café

Algunos de los asistentes al improvisado festejo celebrado con motivo de la reapertura de El Loro Azul

Recreación del momento en el que el señor Templeton y un amigo (funcionario del Ministerio de la Verdad) preguntan sobre mi paradero a Sacha. Lógicamente el bueno del barista se hizo el sueco.


El emotivo último adiós a HAL, la lista musical



Mr. Pond (?) exponiendo su opinión acerca de los tiempos actuales: "escogí un mal momento para colaborar en un blog"

Es decir, ¡¡arriba con la persiana!!

"Érase una vez en América" ("Once upon a time in America", Sergio Leone, 1984)


Nota final. "Ridentem dicere verum, quid vetat?", Mr. Pond citando a Horacio.

sábado, 31 de diciembre de 2011

¿EL NUEVO AÑO? ADELANTE. QUE PASE, QUE PASE


"Con faldas y a lo loco" ("Some like it hot", Billy Wilder, 1959)

Escribo esta entrada en riguroso diferido, unas horas antes de que dé comienzo el nuevo año. Más que nada porque preveo que a la hora en que se publique tanto Sacha, como el señor Pond y uno mismo nos encontraremos sumamente atareados. No es cuestión baladí el elaborar una cena especial como la de hoy. Máxime cuando los servicios de urgencias hospitalarias estarán demasiado ocupados, cuando no colapsados, como para tratar a víctimas de intoxicaciones alimentarias. Y no es que no confíe en el buen hacer de los dos anteriores, más bien temo mi atracción por la "creatividad culinaria" (si es que se me permite el eufemismo entrecomillado).

En poco más de un par de horas se producirá el tránsito al nuevo año, por lo que cuantos contribuimos a mantener alzada la persiana de este rincón, un cafetín en el que nos ocupamos de servir cafelitos (cinéfilos) a la concurrencia, hemos decidido en asamblea telefónica redactar unos comentarios que esperamos les ayuden a acometer esta empresa con las mayores garantías.
¡Ojo! No se trata de consejos, ya sabemos lo que decía Oscar Wilde acerca de los consejos (el incluir a Wilde es una forma como otra cualquiera de "acelerar" las búsquedas en Google ;-) ).
Sin más comencemos...

No es momento para pensar en el sinsentido que nos rodea. Al fin y al cabo basta con recordar que tras cientos de miles de años evolución uno de los mayores logros lo constituye el esperar a que desaparezca el reloj de arena de la pantalla del ordenador.




"Hannah y sus hermanas" ("Hannah and her sisters", Woody Allen, 1986)



Esos pequeños placeres, como son un cafelito y un cigarrillo. Sin olvidarse de algún expectorante y, por supuesto, una caja con antitérmicos para combatir los síntomas gripales a consecuencia de disfrutar de ambos en la gelidez de la puerta del local.




Esas fiestas...




"Desmadre a la americana" ("Animal House", John Landis, 1978)

... Mas recuerden beber con moderación.


Si se deciden por ir a un buen restaurante no estará de más aprender algunas palabras en el idioma del "maître": árabe, alemán, polaco, francés, hindi,... Un barniz multicultural no les sentará mal; en todo caso recuerden llevar unos guantes de plástico si padecen de alergia al detergente industrial. Por si acaso.

"Cita a ciegas" ("Blind date", Blake Edwards, 1987)

Si optan por una cena familiar... Bueno, siempre puede introducirse algún tema de conversación que no desagrade a ninguno de los comensales, o esperar, según sus creencias, en la aparición de un hecho extraordinario antes de los postres (lo de los cadáveres déjenlo para otros eventos y épocas).


"Bitelchus" ("Beetlejuice", Tim Burton, 1988)

A la vista de todo lo anterior quizás opten por huir... Aunque la búsqueda de cierta soledad solo es bella en determinados casos muy concretos.

"Centauros del desierto" ("The searchers", John Ford, 1956)

Y encontrarán que las llegadas y los reencuentros poseen un aroma mucho más agradable.

Si les sirve de consuelo aún les queda una oportunidad para hacerse ricos (con el sorteo de la lotería de el Día del Niño).


O de hacerse un poquito más pobres con la compra de los regalos de Reyes... Por supuesto resulta muy recomendable no esperar al último momento...

Y ánimo, que en cuanto llegue el día 6 de enero todo habrá terminado... de una u otra forma.



"El día de la bestia" (Alex de la Iglesia, 1995)


El señor Pond, el Departamento de Búsquedas Infructuosas, nuestro barista particular, ese loco ruso de Sacha, el señor Templeton, nuestro crítico más cítrico, y quien escribe, G. K. Dexter, les desean lo mejor para el nuevo año a punto de estrenar.



"New York, New York" (Martin Scorsese, 1977)
Dedicado especialmente, con cariño, a P*** A***, quien destapó el tarro de las esencias con sus fotos de la ciudad que nunca duerme

"Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina".

Gilbert Keith Chesterton


domingo, 26 de abril de 2009

EL DÍA DEL LIBRO, CON UN LIGERO RETRASO


Lévon Minassian




A L*** G***, una vez más.





Al llamamiento del Emperador que le había sido comunicado en su aposento por el mismísimo chambelán en persona Apolonio acudió presto, a pesar de que la madrugada ya se encontraba bien entrada, no sin antes recoger un cofre elaborado en marfil ricamente labrado que permanecía depositado sobre una mesa. En muy pocas ocasiones se ocupaba el alto funcionario de tal clase de cometidos, lo cual revelaba que el llamamiento revestía una sobresaliente urgencia.


Por todo el pueblo era sabido que habitualmente el Emperador Justiniano solía mostrarse afable y generoso, mas nada impedía que ante la presencia de una súbita contrariedad mudara al punto su estado, presa de la más temible de las cóleras, o lo que aún resultaba peor, que mostrara una crueldad sutil no por ello menos terrible.


Apolonio, precedido por el adusto chambelán, penetró en la sala del trono, tenuemente iluminada por la luz que emanaba de algunas lámparas de bronce, aunque sí lo suficiente como para permitirle contemplar una vez más la magnificencia de los materiales y objetos que la decoraban. Rodeado por la presencia de vasijas, esculturas y magníficos materiales tales como terciopelo, oro y ámbar del Báltico, el Emperador gobernaba con puño de hierro sobre los territorios que formaban el Imperio Bizantino, el heredero del glorioso pasado de Roma; mas se mostraban incapaces de esconder su ambicioso deseo de extender su poder, algún día no muy lejano, hasta los límites que ocupara el Imperio Romano en vida del emperador Teodosio.


Al fondo de la gran sala aguardaba el gran Justiniano, su menudo cuerpo recubierto con una toga de un blanco de gran pureza, tejida en rica seda, en la que destacaban dibujos geométricos cosidos en hilo de color púrpura y oro; sobre la cabeza la corona de oro que probaba su altísima condición.


Dada la gran capacidad de trabajo desplegada por el soberano no había de extrañar que hubiera convocado a Apolonio a una hora tan tardía. Sin embargo éste se encontraba plenamente preparado para atender su petición, puesto que en su interior adivinaba la causa por la cual se requería su presencia a unas horas tan intempestivas.


Sin tan siquiera aguardar a que el Emperador se lo ordenara depositó a sus pies, sobre el suelo de mosaico, el cofre de marfil que portaba bajo el brazo. Ese gesto no pasó desapercibido para el Emperador, quien manteniendo intacto su profundo silencio y sin conceder un mayor interés a la perspicacia de Apolonio, por medio de un seco movimiento de su brazo derecho urgió al chambelán que se lo aproximara.


Una vez cumplido el encargo de su señor el chambelán se hizo a un lado, para terminar de pie, a medio camino entre Justiniano y Apolonio. Curiosamente sólo el segundo se encontraba pendiente de los ademanes del otro puesto que la atención toda del Emperador estaba concentrada en la labor de extraer del cofre su contenido. Y cómo refulgió en medio de centelleantes brillos dorados en cuanto los primeros rayos de luz procedentes de las lámparas acariciaron su superficie.


Entre sus manos Justiniano sostenía un códice, el códice que había encargado al calígrafo Apolonio, uno de los mejores entre aquellos que confeccionaban los códices purpúreos en el Taller Imperial, con la intención de regalárselo a su amada esposa Teodosia, la actriz, o meretriz, que unos años antes había conquistado por medio de sus encantos los favores imperiales primero y ganado el título de esposa del emperador después. El mismo códice para cuya confección no había dudado en prestarle un alojamiento en el Gran Palacio en tanto se prolongara su delicada manufactura.


Sólo unas horas antes se había engastado una última cornalina sobre su cubierta superior, en la que destacaban el fulgor dorado del oro, pues esa no sólo era la más intensa de las manifestaciones de la luz sino también la representante de la Gloria Celestial; y el intenso púrpura, el color cuyo uso quedaba restringido de forma exclusiva para la familia imperial.


A pesar de que las trémulas manos imperiales parecían negarse en sus torpes forcejeos a acatar sus deseos, Justiniano logró por fin abrir los dos broches que cerraban el códice y empezó a pasar con ligereza las hojas elaboradas con costosísima vitela. Mas cuantas más hojas pasaba y dejaba atrás más adusto era el rictus que se iba formando en su rostro. Cada una de ellas sólo estaba compuesta por una columna de texto escrito con negra tinta que, ocupando la mitad interior de cada una de ellas, se extendía casi desde el encabezado hasta unos escasos centímetros del pie.


A aquello sólo cabría considerarlo como una auténtica afrenta, máxime por estar recubierta por la púrpura del Emperador.


-¡Palabras, palabras, palabras,…! ¡Apolonio…! ¡No está iluminado!


Ante las palabras pronunciadas por el Emperador de inmediato el chambelán se dispuso a abalanzarse sobre el calígrafo, con intención de recibir después las instrucciones precisas acerca del tipo de tortura al que debería ser sometido como castigo para su insolencia, en las más lóbregas profundidades de las mazmorras del Gran Palacio.
Pero una orden tajante de Justiniano detuvo a medio camino la determinación del funcionario. Mientras, Apolonio, que desde que había ofrecido al Emperador el encargo ya concluso no había abandonado ni por un momento su posición humilde, a la par que rígida, sonreía con una ligera mueca, no menos enigmática a la vista de cuál iba a ser su horrible destino.


No era para menos pues, al calor insuflado por las manos de Justiniano, principiaron a aflorar poco a poco, en los antes vacíos espacios, a la misma vera de las columnas en latín, los dibujos de la mayor belleza y dotados de los colores más vivos que nunca a ningún creyente le hubiera sido dado contemplar en vida.


… El Códice de Apolonio.

"Púrpura y Oro" (extraido del volumen "El Señor de las Palabras").





-El señor Templeton, ¿supongo?


-Vaya, me ha reconocido...

-Sí. Algo me decía que iba usted a llamarme. Ya sé lo que me va a decir: en este artículo no encuentra ni una sola mención al mundo del cine, ¿verdad?

-¡Exacto!

-... Y obviamente desea que subsane esta... incidencia... lo antes posible. ¿No es así?

-Pues... sí.

-Bien. Sea.



"-Ese es el origen de mi gran descubrimiento. Pero se equivoca usted al decir que no podemos movernos de aquí para allá en el Tiempo. Por ejemplo, si recuerdo muy vivamente un incidente, retrocedo al momento en que ocurrió: me convierto en un distraído, como usted dice. Salto hacia atrás durante un momento. Naturalmente, no tenemos medios para permanecer atrás durante un período cualquierade Tiempo, como tampoco un salvaje o un animal pueden sostenerse en el aire seis pies por encima de la tierra. Pero el hombre civilizado está en mejores condiciones que el salvaje a ese respecto. Puede elevarse en un globo pese a la gravitación; y ¿por qué no ha de poder esperarse que al final sea capaz de detener o de acelerar su impulso a lo largo de la dimensión del Tiempo, o incluso de dar la vuelta y de viajar en el otro sentido?".

"La Máquina del Tiempo", Herbert George Wells.



"El Tiempo en sus manos" ("The Time Machine", George Pal, 1960)



Advertencia: por acá resopla un spoiler.

Esa escena final en la que el Viajero (Rod Taylor) abandona nuevamente el presente para partir hacia el futuro, llevando consigo sólo dos libros, y la pregunta que uno de los invitados formula: cuáles serían los dos libros que uno transportaría para reconstruir una civilización...